Chocolate y fresas

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Chocolate y fresas

Notapor Anna el Mar Sep 29, 2009 7:17 pm

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Se abrían las montañas abrazando la mañana. Besaban las nubes las cimas embadurnadas de nieve inmaculada, regalaban a la vista, la imaginación abarcando una mirada.

Yo nací en un lugar en el que no sólo viví. Los minutos que marcan el tiempo que se enmaraña ahora entre mis dedos, eran el compás indestructible de templadas primaveras, marcando el color en el campo sembrado de hierba. Hierba ácida de sentimientos, y tibia en el aroma que perdura en los sentidos.

Los otoños, lloraban la muerte inevitable de los frutos del paisaje, pero nacían otros colores, otros aromas asociándose a la muerte de la dicha y siempre templada estación estival.

Mientras, yo vivía envuelta en las sensaciones que siguen marcando mi mirada, los sentimientos a mi alrededor fluían confundiendo lo puro en mis vivencias. Lágrimas derramadas en algún rincón de mi casa por mi abuela, una mujer a la que la vida había dejado muchas cicatrices en su piel ensangrentada por el pasado, y que rellenaba sus arrugas con la frialdad de una tierra ajena y extraña, en sus sentimientos de mujer abnegada y alejada de las raíces de otras tierras.

Tierras que para mí a su vez eran extrañas, tierras que usaban el idioma que en mi vida era el segundo marinero de aguas ni revueltas, ni tranquilas, eran las aguas en las que había navegado el árbol genealógico, que crecía con la sal de las lágrimas de una mujer que formaba parte de mi vida.
-¿Por qué lloras?
-Ya lo entenderás, la distancia me robó algunas miradas.
Y yo entendía el ocaso de las miradas de mi abuela, lo entendía a mi manera, mi yo de niña entendía en un fugaz momento, pero, abandonaba para jugar con mi muñeca.

Mi muñeca también era extranjera, me respondía en el mismo idioma, un idioma que ahora reposa en el mundo de la indiferencia, palabras trastocadas que añoran recuerdos de fluidez en la vocal hueca, cuando no coincide con la lengua materna. La vocal que reina en los recuerdos con estela de nostalgia, y que nace en los poemas. La vocal de añoranzas que antes expresaban presente y realidad, y ahora, me regala blancos recuerdos.

Y nada, me hace olvidar el paisaje que abrazaba mis mañanas al abrigo de la gélida y nívea nieve, que se empeñaba en recordarme que me tenía atrapada en el embrujo del presente. Y el nogal, mi nogal, un regalo que descansaba al píe de una ventana, para surcar conmigo los sueños en tantas noches imaginadas y que entonces intentó decirme: -Mírame, sí ves mis ojos camuflados en mis ramas, reventaré el blanco de alguna página-.
Y ahora le recuerdo por haber sido capaz de encontrar la mirada escondida entre la rama y el fruto, que para mí era algo más que una cáscara dura que no se deja dibujar en mis sueños del presente, quizá porque esa envoltura formaba parte de mis sueños cuando al ser niña, nunca imaginaba que podría llegar a ser mujer.

Tampoco imaginaba, que perdería la risa de mi padre en una futura madrugada, no imaginaba, que el pasado podría ser almohada del olvido, no imaginaba nada que nunca haya nacido. No era capaz de formar una novela con los sentimientos, ni emociones perdidas en el bosque inanimado de mi propia imaginación.
Anna
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Re: Chocolate y fresas (1)

Notapor Anna el Lun Oct 12, 2009 8:57 am

Chocolate y fresa.


Mi barrio se alzaba entre la fábrica de chocolate y la casa de fresa. Al menos, así lo creíamos mi hermana y yo, cuando por las mañanas el olor dulzón, se mezclaba en primavera con la casa que de camino al colegio, rebosaba fresas.

La dueña de la casa, trabajaba en su jardín agazapada, y rodeada de herramientas. Mirábamos sus manos trabajando la tierra, mientras el olor de la fresa nos abrazaba mezclado con el chocolate en el otro extremo de la calle.
Bajábamos la cuesta camino del colegio admirando la casa de la ladera, ésta descansaba dirigiendo a su vez el paisaje. Me imaginaba lo que había más allá de las ventanas de madera, acentuadas en el tono verde hierba que parecían reflejos de la alfombra en la que descansaban sus cimientos.

Allí vivía una niña rubia, compañera de colegio. Ella no era extranjera, y me hablaba del teatro de títeres que papa Noel le había traído la última vez.
Un día me llevó de la mano a conocer sus muñecos. El teatro descansaba con diminutos personajes inanimados repletos de colores, con formas diferentes y esperando la animación de las manos que daban vida a la fantasía.

Jugamos entre risas, fábulas creadas por dos niñas, que dejaron de creer que eran extranjeras de la vida. Al llegar el atardecer abandoné la casa de la ladera.
Se quedó grabado en mi memoria el teatro que me hizo soñar, el olor del chocolate en el ambiente, la casa de fresa, y esa cesta repleta de ellas que una tarde la señora agazapada nos regaló con sonrisa de primavera.


Un trineo abandonado.


Llegó una mañana cuando la nieve empezaba a acariciar el suelo. Se mantenía firme esperando en la gran alfombra que adornaba el comedor. Yo, esperaba impaciente que la nieve alcanzara la espesura para presentarle a mi trineo. A través de la ventana se volvía lentamente el paisaje blanco, se adueñaba de los colores que desaparecían bajo el manto espeso del casi eterno invierno de aquellas tierras.

Una mañana me aferré a sus brillantes tiras de madera. Subimos juntos hasta el límite de una cuesta. Mientras mi piel se abrigaba del frío hasta las cejas, nos deslizamos mi trineo y yo, admirando el paisaje que se deslizaba lentamente al ritmo de instantes matinales.

Dejábamos huella en la nieve, dejábamos huella en la memoria, acariciábamos algún árbol que en nuestro camino dejaba caer manojos de nieve acumulada entre sus ramas. Y se dejaba alimentar el invierno entre risas y alguna caída al borde de lo que ahora descansa en la memoria del pasado.

Al llegar de nuevo la primavera, entre lágrimas y risas de mayores entendí que volvíamos a la tierra que para mí seguía siendo extranjera.
Nadie me preguntó si era feliz con la idea. Mi trineo desapareció entre los brazos de un niño que vivía cerca, mi nogal, creo que la última noche lloró alguna lágrima que hoy he recogido entre las líneas de estas letras.

Murieron las lágrimas de mi abuela, nacieron las de mi maestra al decirme: siempre estarás entre los recuerdos de esta escuela.

Se quedaron los alpes abrazando el puente de la catarata, en el que una vez mi hermana y yo huimos cogidas de las manos, y allí en ese río se quedó también el recuerdo de aquel niño amigo de la escuela, cuando una mañana al caer, su vida se estrelló con la corriente del agua que no vio su inocencia.

La pelota perdida en la fuente de la plaza adornada de los árboles espesos, las lágrimas de mi abuela, el olor del chocolate, el suave sabor de las fresas, sonrisas, la lengua extranjera, los relojes de interminables sonidos, los caramelos de colores fundidos en mi lengua, la casa de la ladera, el trineo abandonado, la niña compañera y tímida que me seguía por dedicarle una sonrisa; todo está ahora vivo con aroma y sabor a chocolate y fresas.


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