Entre mi nombre y la niebla

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Entre mi nombre y la niebla

Notapor Anna el Mar Sep 08, 2009 1:02 pm

El cielo reposaba en su inseparable azul, desde la diminuta ventana del ático.
En el centro se mezclaban el humo de las cenizas, con el olor del ambiente fijado en su memoria.
La calle en ruinas parecía un enjambre recién vaciado de su miel. La añoranza de días pasados cuando oculta y escondida esperaba para saborear el dulce, parecía ahora un sueño que nunca se había hecho realidad.
Mirar las fachadas derruidas era ver la realidad. Ellas eran cómplices del miedo escondido en todo aquello que aún se mantenía en pie y salvaba, de la vida que se erguía, a pesar del miedo, dominando cada rincón.
El papel en blanco se había convertido en el mejor amigo de juegos de Anna.
En él, los pensamientos jugaban apoderándose del espacio que parecía interminable. Milagrosamente le había acompañado durante todo el viaje, mientras escuchaba el ruido que aquellos hombres de gris hacían en cada atardecer.
Después, cuando el silencio hacía olvidar el miedo, los párpados cansados anunciaban el final del día. Los instantes morían después de muchas horas vacías. Ellos sobrevivían al tiempo que querían robarles.

En el ático no había flores frescas ni se marchitaba la esperanza. Allí se atesoraban los minutos que parecían ir en contra del tiempo.
El padre de Anna miraba a su hija dormir. Entre pensamientos dispares y miedo, escribía con desesperación cartas a viejos conocidos intentando reflejar lo valioso que era para él la vida de sus hijos. Intentaba transmitirlo a través de las letras, en una época en que se luchaba por salvar la propia vida, y no la vida de otros.
La noche reposando en una soledad que gritaba a voces, estaba ausente del miedo escondido en las calles. Parecía asustada de la niebla que dominaba el cielo.
La niebla era el alma convertida en cenizas de amigos y posiblemente familia, que habían sido arrancados de la realidad de su vida, para conservar una pureza de raza en la que ellos no tenían cabida.
En esos momentos pensó en el mundo que habitaba en la frontera de la tragedia que vivía. Millones de personas ajenas al miedo y desesperación, ausentes al temor de vivir cada día escuchando el idioma de la muerte. El resto del mundo dormía, mientras ellos morían.
El amanecer despuntaba. Cerró la carta que escribía para salvar a su familia, sin saber que aunque llegara a su destino, nunca sería la salvación de la esperanza que albergaba.

Caminaba lentamente la muerte, en la calle que sostenía la fachada del ático. Todo quedaba grabado en las pupilas de Anna. El efecto pasaba al corazón, después, los sentimientos llenaban de color y forma las páginas en blanco de su diario. Lo atesoraba como un salvavidas en su tragedia…
Una mujer corría escapando de los hombres de gris. Las voces del idioma enemigo gritaban en un tono grave. Era ese tono que se emite cuando el poder, te invita a matar sin tiempo para reflexionar y pensar que al hacerlo, le quitas a otro ser humano lo más valioso que tiene: su vida.
El ruido de las armas se quedó impreso en la espalda de la mujer. Era el sello que la sangre deja cuando el pasado se escapa del cuerpo en unos minutos, y el futuro, se desvanece en el aire.
La mujer quedó clavada en el suelo de rodillas. Un pañuelo atado en su cabeza para defenderse del frío que acompañaba a la madrugada, fue lo único que la niña podía mirar y describir en su diario.
Dejó que su mirada buscara alrededor algo alegre que distrajera sus sentidos. La habitación respiraba soledad y desesperanza, pero ella, fijó sus ojos en su diario. Pensaba en un escondite para él. A partir de ese día lo escondería antes de irse a dormir.
El viento chillaba en un vano afán de ser el protagonista del día. Pero la mujer aún clavada de rodillas en el suelo, era la única protagonista en ese momento de la memoria de la niña. Anna pensó en su papá. Ella sabía que luchaba por la supervivencia de todos. Escribía cartas a personas que en otro tiempo habían sido compañeros y amigos. Ahora esas personas estaban ocultas en el corazón de la ciudad. Una ciudad, que sufría la persecución de aquellos que se ocultaban solo, por ser ellos mismos.

En esos momentos su padre entregaba una carta que suplicaba ayuda. La carta llegó a manos de un hombre que fugazmente deseó ayudar. Sin embargo, dejaría la carta en un lugar que sería el hogar perenne de unas letras con dueño en el presente, para ser después testigo de la memoria histórica a largo plazo.
Se aventuró en las calles con pasos cansados. La esperanza daba prisa a sus píes, a pesar de la muerte que descansaba a lo largo del camino que le separaba de su familia.
La niebla de las cenizas en el aire dibujaba formas incoherentes, inconexas ante el paisaje que se adivinaba tras ella. La vida de muchas personas se quedaba reducida en la niebla a restos incinerados en el cielo. El viento se llevaba recuerdos, pensamientos, esperanza y vida, en cada ráfaga que la brisa dejaba a su paso. Cenizas con aromas de vida, cenizas envueltas de pequeñas y grandes vidas, perdiéndose en la soledad que la persecución dejaba a su paso.
El atardecer se anunciaba con colores infinitos. Sus tonos eran perceptibles a sus ojos, al igual que el miedo era compañero inseparable de su corazón. Ese atardecer era lo único que además de su familia, tenía en ese momento.

Anna escuchó los pasos de su padre al llegar. Su estómago se había acostumbrado al vacío, pero sus brazos, se alimentaban cada noche de los abrazos de su padre, de las palabras que decían en silencio.
Se acurrucaban en el suelo abrazados en el silencio que solía embargar las noches. Miraban el cielo que descansaba de la vida quemada.
Se dormían agitados por el silencio que aturdía el corazón de la ciudad, se dormían sin pensar que al despertar, todo podría acabar.
La noche devoraba los minutos. El sueño se perdía en el miedo. La luna en su belleza era incapaz de hablar el idioma de la desesperanza.



Amanecía lentamente, nada rompía el ascenso del sol. El horizonte se llenaba de colores en una espera impaciente del minuto siguiente. Su línea luchaba en el tiempo que temblaba en el ático, un tiempo que restaba esperanza en los instantes en que el ruido despertó a Anna.
La niña reconoció el ruido de las botas, sabía que les habían encontrado.
Su padre y el resto de la familia dormían. Buscó una página en blanco y escribió: «entre mi nombre y la niebla descansan todos mis recuerdos»; dejó su nombre impreso. No tuvo tiempo de esconder sus pensamientos.
Abrazó a su padre diciendo… «te quiero».


-Cuando la idea del genocidio ataca a un hombre, es imposible llevarla a cabo, si no es secundada por otros hombres. Esto sucede igual en el bien y en el mal.-


H uesos enterrados bajo tierras espesas de dolor.
I deología fanática, libertades truncadas con gritos de silencio en
horas sin fin.
T ierras mojadas de lágrimas encerradas en el alma.
L aceración de orgullo, entrañas machacadas, recuerdos que queman
en la memoria del silencio.
E speranzas rotas, almas muertas en cuerpos sin nombre.
R aza, risa, lágrimas, libertad, esperanza, perdón, supervivencia,
olvido. ¡Vida! ¡Esperanza!.


*Algunos detalles no coinciden de forma exacta con la verdadera historia, eso sucede porque está basado desde mi propia perspectiva, sin basarme por completo en la realidad.


Anna
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