Olimpia

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Olimpia

Notapor Vanidades el Mar Sep 22, 2009 10:20 pm

Olimpia caminaba despacio por la ardiente acera que reflejaba los rayos solares que caían pesados sobre ella. Su falda se balanceaba al ritmo de sus caderas sobre las que descansaba la traslúcida tela. La luz perfilaba la contorneada silueta de sus largas piernas, y el aire esparcía por doquier su aroma de almizcle.
A poco le calculaba unos treinta años, lo suficiente para pasar inadvertido a sus caramelizados ojos, en los que me hubiera sumergido a plena apnea.

Andaba tras ella sigiloso observando sus glúteos subir y bajar bajo la tela, mi mente los dibujaba desnudos, suaves, prietos, rosados, con el frescor de la hierba buena. Seguía sus pasos hipnotizado imaginando su piel entre mis manos, su cuerpo contra mi cuerpo, su boca bajo mi boca. Y sin esperarlo, se giró. Sus pezones henchidos, erectos, abultaban la fina tela apuntándome directamente, una erección implacable abultó mi sexo. Ella se rió y su carcajada rebotó en las esquinas de la solitaria calle repitiéndose una y otra vez.

Yo me quedé quieto, estático, atrapado por la sensualidad de su suntuoso cuerpo que paralizo mis sentidos dejando esculpida una estúpida sonrisa en mis jóvenes labios. Sus ojos caramelo me observaban divertidos, mientras una de sus manos cogió la mía. Ante mi perplejidad, llevó mis dedos a la altura de sus pechos y sin retirar la mira de mis ojos los pasó suavemente sobre sus pezones de mármol. Por un momento pensé que la cremallera de mis pantalones iba a explotar, pero ante su resistencia un dolor ardiente se apodero de mi entrepierna.

-¿Qué edad tienes?

Su voz cálida me cogió por sorpresa. Dudé entre decir la verdad o mentir, y justo cuando iba a contestar, ella me interrumpió.

-Da igual, ¡vamos!

Empezó a andar con paso firme, volviendo a balancear la falda al compás de sus caderas. Yo ahora seguía sus pasos sin disimulo, observando cómo se hinchaban una y otra sus nalgas al caminar.

Nos adentramos en un pequeño y oscuro portal que albergaba una empinada escalera de altos peldaños por los que subimos rápidamente. No sé exactamente si fue en el tercer o cuarto piso en el que introdujo una llave que sacó de entre sus pechos. Al abrir la puerta la luz se abrió paso por el hueco del marco. Grandes ventanales daban paso a los destellantes rayos solares que resbalaban por las blancas paredes de toda la casa.

Olimpia entró sin decir nada, yo la seguí por el pasillo observando su silueta contornearse, mientras se desabrochaba la cremallera lateral del vestido, que cayó al suelo sin hacer ruido. Lo noté resbaladizo bajo mis zapatos que no lo pudieron esquivar debido a que toda mi atención estaba en ese imponente cuerpo que lucía absolutamente desnudo, como la Venus de Velázquez.

Se adentró en una habitación en la que la luz era mucho más tenue, en el aire flotaba un ligero aroma a incienso que otorgaba un toque exótico a la estancia. Se tumbó sobre la gran cama de impolutas sabanas del color del buen vino. No podía apartar mis ojos de esos pechos de sobresalientes pezones oscuros. Entonces abrió sus piernas dejando al descubierto su sonrosado sexo absolutamente rasurado. Me recordó a un jugoso y rebosante fresón que deseé comerme. Ella posó su mano sobre su sexo y empezó a acariciarse. El dolor en mi entrepierna comenzó ahora con más intensidad, y me apresuré a liberarlo. Me desnudé bajo su atenta mirada que me recorría lentamente mientras se mordía el labio inferior.

Se incorporó quedando sentada sobre la cama y me hizo un gesto para que me acercara. Acarició mi pene pletórico, rebosante, y pensé que iba a estallar cuando noté sus labios cubrirlo. Sentí su lengua húmeda, cálida, blanda. Empezó a moverse en lentos movimientos, succionando cuidadosamente, no podía retenerlo más, notaba como subía con fuerza pero no quería correrme todavía, así que la aparté. Ella me miró sorprendida y sonrió. Volvió a tumbarse y se abrió completamente de piernas. Me agaché y le lamí el clítoris, los labios, saboree su carnosa vulva, mientras ella se estremecía y abría aún más sus piernas. Acompasado por un agudo gemido su flujo manó cálido, sabroso, me embriagué del elixir de su cuerpo.

Quedó tendida, exhausta, quieta, mientras yo la penetraba. Al entrar en ella su cuerpo reaccionó, volviendo a la pasión aún no agotada. Ya no podía aguantar, el deseo era demasiado intenso, así que mis movimientos fueron rápidos, enérgicos, y nuestros cuerpos convulsionaron por el placer a un mismo tiempo.

Tras la pasión la calma, caí rendido en un profundo sueño en el que volví a poseer su cuerpo. Al despertar, ella no estaba, las suaves cortinas ondeaban movidas por la brisa, el olor a incienso seguía flotando en el ambiente, desesperado fui a buscarla, pero después de aquel día no la volví a ver, por eso hoy, al recordarlo, me pregunto si Olimpia fue real, o sólo un cálido sueño.
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Re: Olimpia

Notapor Anna el Mié Sep 23, 2009 11:25 am

/bj Uff...Vaya texto, me encanta tanta sensualidad y erotismo.
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